on miércoles, 20 de julio de 2011




La historia que queremos contar nos debe suscitar amor, hemos de creer que la visión que se tiene solo se puede expresar a través de una historia donde los personajes pueden ser más reales que la propia gente, que ese mundo ficticio es más profundo que el verdadero.  También hay que amar lo dramático, sentir una fascinación por las sorpresas y revelaciones repentinas que producen cambios abismales en la vida. Hay que amar la verdad, se debe cuestionar cada verdad de la vida hasta alcanzar los propios motivos ocultos. Se debe amar a la humanidad, estar dispuestos a simpatizar con las almas que sufren, a meterse en la piel de los demás, a ver el mundo a través de sus ojos. Es preciso amar las sensaciones, es decir, tener el deseo de mimar no solo los deseos físicos sino también los internos. Hay que amar los sueños, el placer de dejarse llevar tranquilamente por la imaginación con el único objetivo de ver hasta dónde nos lleva, y dejarse fascinar por el humor y alegrarse por esa gracia salvadora que nos devuelve el equilibrio en la vida. Es necesario, además, sentir el lenguaje, deleitarse en el sonido y el significado, en la sintaxis y en la semántica. Hay que percibir la dualidad, las contradicciones ocultas de la vida, sospechar de forma sana de las cosas que no son lo que parecen. Se debe aspirar a la perfección, sentir la pasión de escribir  revisar en busqueda del momento perfecto. Buscar lo singular, sentir la emoción de la audacia y presentar un rostro de petra calma ante el ridículo. Perseguir la belleza, tener un sentido innato que atesore lo bien escrito, odie la mala redacción y conozca la diferencia. Se debe amar el “yo”, una fortaleza que no necesita un refuerzo constante, que nunca duda de su condición de escritor.

*Extracto de El Guión / Robert Mackee